Significado místico del equinoccio en las culturas del México antiguo

Primera parte
Segunda parte
 

     

    Las antiguas culturas de México construyeron sus templos pensando no solamente en el vínculo estrecho que tenemos los seres humanos con la tierra, sino también en el enorme vínculo que establecemos con el cosmos.
    Los templos que hoy conocemos como zonas arqueológicas son monumentos astronómicos que miden no solo los movimientos del sol, sino también los lunares, planetarios y estelares.
    La sabiduría que desarrollaron las culturas de Mesoamérica estaba basada en un concepto muy sencillo… “observar a la naturaleza y aplicar en nosotros sus principios”.
    Debemos nacer con el sol y ver cada día como una piedra sin escrituras, llena de posibilidades infinitas que solo se concretan con nuestras decisiones, con nuestros actos, pensamientos y palabras. Asimismo debemos aprender a morir con el sol… cada día que pasó ya forma parte de algo que no existe y que en la medida que tengamos apego es como reviviremos ese momento.
    De esta forma uno de los objetivos más importantes para la vida es aprender a vivir en el eterno presente, el único momento que de verdad es infinito, sin la ansiedad que genera el deseo de estar en el futuro, ni la nostalgia o apego al pasado.
    También al aplicar en nosotros el trabajo que realiza la naturaleza aprendemos a renovarnos. En invierno la Madre Tierra se contrae para guardar dentro de las semillas todas las potencialidades de la vida, permitiendo que la Naturaleza pase por su periodo invernal en el cual todo muere y reposa. Si nosotros aprendemos a desprendernos emocional y mentalmente de todo aquello que cargamos del pasado renovaremos nuestra piel vieja, exactamente igual como lo hace la Tierra o una serpiente y nos disponemos a vivir un nuevo ciclo.
    La Naturaleza al expresarse y reinventarse a sí misma muestra lo mejor en las flores y en el canto de las aves. Por lo tanto nosotros igualmente lo podemos hacer con nuestras palabras y acciones.
    Sin duda alguna uno de los fenómenos astronómicos en los que estaban más centrados los pueblos antiguos eran los solsticios y equinoccios no solo porque marcan el cambio de una estación a otra sino también porque ahí está el vínculo que establecemos los seres humanos con la tierra y el cosmos.
    Veámoslo de una manera muy sencilla:
    El Sol no siempre nace en el mismo punto cada día, si bien es cierto que el Sol nace en el Oriente y se oculta en el poniente, también se mueve de norte a Sur. 
    Viéndolo hacia el horizonte, en el solsticio de invierno el Sol alcanza su punto máximo de recorrido hacia el sur y es cuando se convierte en colibrí que a base de voluntad avanza y crece hacia el norte, cuando alcanza su máximo recorrido  llega el solsticio de verano donde el Sol se posa como una gran águila radiante y comienza su viaje de regreso hacia el Sur para posarse nuevamente como un colibrí que aunque pequeño contiene toda la fuerza de voluntad para comenzar otro ciclo.
    Éste recorrido completo tiene una  duración de 365 días con seis horas.
    Cuando Tonatiuh el Sol, inicia su recorrido hacia el norte pasa por dos momentos importantes, el primero de ellos es el equinoccio que es el centro de todo el recorrido, el punto medio. Nuestros ancestros decían que es cuando el Sol se convierte en Quetzaltototl, el ave de plumas preciosas que irradia de vida todo lo que ilumina.
    Un poco más hacia el Norte llega a su ascensión máxima posándose en el cenit. Es el día solar más importante de todos porque justo al mediodía todas las cosas carecen de sombra si es que se encuentran en una perfecta vertical. A este momento los Toltecas le llamaron Tonalnepantla “la energía central” que es cuando el Sol se convierte en águila-mariposa. Esto es justo lo que se expresó en la Cuauhxicalli erróneamente llamada “Calendario Azteca”. En el punto central está la perfecta verticalidad cuando la gran águila que es el Sol, el fuego, se fusiona con la mariposa símbolo del movimiento y el espíritu. Es el momento en que se crea un ombligo que alimenta la Tierra. Al centro Tlaltecuhtli, la esencia masculina y ancestral de la tierra recibe la fuerza de Tonatiuh para fecundar la tierra. En el códice Mendoza se puede ver en el centro como se unen el águila que representa el Sol y el nopal que representa el agua formando el atlachinolli el “agua quemada”, el principio fundamental de la vida.
    Particularmente en el equinoccio al ser la mitad del recorrido solar, el día tiene la misma duración que la noche.
    El registro de este momento lo podemos observar en varios templos como el de Dzibilchaltun en Yucatán, Chichen Itza, el tajin, Teotihuacan, Monte Albán, Palenque, Tulum, Xochicalco, el Tepozteco y Mitla, por mostrar solo algunos ejemplos.
    ¿Por qué los antiguos ponían tanta atención a este evento?
    La respuesta tiene dos vertientes:

    La primera está asociada al estado de la naturaleza. En el equinoccio de primavera en marzo brota la vida, todo florece y comienza un periodo en el que se crearán los frutos que han de alimentar a todos los seres vivos. En el equinoccio de otoño en septiembre se cosechan los frutos y la tierra comienza su periodo de reposo y descanso donde la naturaleza muere y se contrae para depositar las semillas sobre la tierra, las mismas que comenzarán a crecer en marzo.

    La segunda vertiente tiene un profundo significado místico y esotérico porque es un estado cósmico en el que se concreta el equilibrio perfecto de los opuestos. Es lo que cada ser humano debe trabajar en sí mismo. Lo masculino no debe ser superior a lo femenino, lo que mora dentro de nosotros se debe conectar armónicamente con todo lo que nos rodea fuera, arriba en el cielo con nuestras intensiones y actos concretamos la voluntad divina en la tierra, dejamos de ansiar el futuro, nos desapegamos del pasado para vivimos solo el presente, la luz de la sabiduría nos permite entender la oscuridad del egoísmo

  • Una de las más significativas representaciones de este equilibrio perfecto está configurado en la Coatlicue la falda de serpientes, que es una obra de incalculable valor artístico, científico, místico y filosófico. En la parte superior que forma su cabeza hay dos serpientes que se oponen una a la otra representando a las dos fuerzas del cosmos pero que en su interacción forman una sola unidad, si observamos con detenimiento al unirse estas dos serpientes se crea el rostro de una sola.
    A este principio los Toltecas le llamaron “Ometeotl” la esencia dual que al unirse crea el movimiento y la vida. Un ejemplo similar lo encontramos en la “Cuauhxicalli” donde se une la Xiuhcoatl o serpiente de fuego contraponiéndose Quetzalcoatl, la Luz primigenia, con Tezcatlipoca  el espejo humeante que hace ver las oscuridades. Unen sus rostros con lenguas de pedernal, que representa al verbo creador, a la palabra justa y sagrada que nos lleva a contemplar la profundidad de las cosas.
    En Chichen Itza, un sitio evidentemente Tolteca se registra este momento en el que Ometeotl, la unión dual en forma de serpiente desciende del cosmos para unirse como hilo conductor con la tierra y el inframundo. Es el momento en que todo lo terrenal tiene la capacidad de elevarse si encuentra la vibración correcta. De aquí que la serpiente, un ser que jamás se despega de la tierra crea su plumaje para volar con sabiduría ya que conoce los misterios de la vida, la muerte, el tiempo y la finalidad de la vida.
    Quetzalcoatl personifica al principio serpentino que con plumas de quetzal eleva su conciencia integrándose al todo, es la luz de la sabiduría y un gran guerrero que ingresa al inframundo para luchar con sus propias oscuridades y nacer victorioso en el amanecer. Su gemelo precioso Tlahuizcalpantecuhtli o Venus matutino anuncia su salida en el oriente y en forma de perro lo guía hacia la casa del Sol para entrar de nuevo al inframundo en el poniente.
    En el equinoccio desciende Quetzalcoatl – Kukulkan, esperando que nosotros lo encarnemos y lo despertemos en nuestra columna vertebral para que despierte nuestra conciencia y develemos el verdadero sentido de nuestra existencia, para que realicemos a través de cada uno de nosotros el plan divino, para que cumplamos el fin último de la vida: que es ser felices y estar en armonía con todo lo que nos rodea.
    Tomemos conciencia de que la expresión concreta de la dualidad creadora somos nosotros. Al igual que Coatlicue en la parte superior de nuestro organismo se encuentra un hemisferio que se rige por esencia masculina y otro que gobierna la esencia femenina. Se unen, interaccionan y coordinan a través de la columna vertebral que desciende hasta las gónadas sexuales, la fuente que crea la vida. Por lo tanto cuando hacemos prácticas sagradas como la oración, la meditación, la contemplación, la danza o el temazcal despertamos y activamos nuestro Quetzalcoatl. Despertamos a la serpiente que corre por nuestra columna uniendo al Cosmos con la Tierra y que con plumas preciosas eleva nuestro estado de conciencia; elevamos nuestro estado vibracional para ser fuentes de Luz pero para lograrlo debemos hacer el mismo trabajo que Tonatiuh: hacer un viaje a nuestro interior, a nuestro inframundo para vencer a los defectos que son nuestros demonios y nacer victoriosos y radiantes de Luz. Debemos convertirnos en guerreros del espíritu. Guerreros que luchan contra su peor enemigo: nosotros mismos.
    Vivimos tiempos en los que estamos perdiendo nuestro centro equilibrio por no coordinarnos con la Tierra.
    Las predicciones de nuestros abuelos Mayas y Toltecas nos dicen que la tierra está cambiando su polaridad por la influencia que ejerce el Sol, esto se ha venido demostrando en diversos grupos de científicos. Debemos alinear nuestra energía con la de la Madre Tierra, sincronizarnos con ella porque de lo contrario estamos más expuestos a experimentar estados de desarmonía.
    Nuestros ancestros hicieron el trabajo que les correspondió en su tiempo, crearon una ciencia mística que equilibró la interacción del hombre con su entorno. Ahora nos corresponde a nosotros hacer nuestro trabajo para equilibrar la vida en la Tierra.
    En este gran cambio que está por llegar calculado por los Mayas en diciembre de año 2012 debemos tomar la decisión de cómo queremos vivir y entrar al gran salón de los espejos donde cada uno será su propio juez. El calendario Tolteca termina su Xiuhmohpilli o periodo de 52 años en Marzo del año 2013 y tendremos que reunirnos para encender un fuego nuevo que de Luz a la humanidad.
    Con el fin del calendario Maya el 21 de diciembre del año 2012 se inicia el invierno que llevará a la gran transición, y al encender el fuego nuevo el 12 de marzo del año 2013 como lo marcan los Toltecas, daremos la bienvenida al Sexto Sol de Anahuac llamado Nahui Cuauhtli “Cuatro Águila”.
    Todos estamos invitados a aprovechar la energía que se manifiesta en cada uno de los equinoccios para despertar nuestra serpiente como hilo conductor entre el cielo y la tierra, para que a nivel personal podamos dar un paso más hacia nuestro estado de evolución conciente y contribuir al equilibrio de la vida en la Tierra.